México sigue siendo meximalista en un mundo que insiste en volverse gris

Un recorrido por los contrastes cotidianos que hacen del meximalismo una identidad viva: mezcla, exceso, improvisación y memoria frente a los espacios que buscan verse iguales.

México sigue siendo meximalista en un mundo que insiste en volverse gris

Hay algo casi divino en ver un mall de vidrio y un tianguis saturado de color coexistir a pocas calles de distancia. En un mismo paisaje caben dos ideas de ciudad: una que busca verse igual en todas partes y otra que deja que cada espacio acumule su propia historia.

A veces parece que todos los lugares están aprendiendo a verse igual. Centros comerciales con los mismos pasillos, cafeterías que podrían cambiar de ciudad sin cambiar de interior, edificios nuevos que repiten la misma fachada y espacios diseñados para entrar perfectamente en un moodboard.

El gris, el beige, el concreto, el vidrio y las superficies neutras se convirtieron en una especie de idioma global: limpio, ordenado, fotogénico y fácil de replicar. Pero el gris no siempre es un color. A veces es una sensación: la de entrar a un lugar que podría estar en cualquier parte del mundo.

Y en México basta caminar unas cuantas calles para encontrar otra lógica. Tal vez los colores nunca desaparecieron. Tal vez simplemente dejamos de buscarlos con el mismo asombro de antes. A esa manera de mezclar, acumular, decorar, improvisar y hacer visible la vida podemos llamarla meximalismo.

No es una categoría oficial ni una nostalgia por un México supuestamente más colorido. Es una forma de nombrar una sensibilidad que todavía aparece en nuestros espacios cotidianos: el gusto por el ornamento, la abundancia, la textura, el ruido, la personalización y la huella humana.

Aquí un ejercicio de yuxtaposición básico:

Mall estandarizado vs. tianguis meximalista

El mall está diseñado para ofrecer una experiencia reconocible en cualquier ciudad: pasillos amplios, marcas internacionales, iluminación controlada y una estética que busca no distraer demasiado del consumo.

El tianguis funciona con otra lógica… Se arma y se transforma según el lugar, el día y las personas que lo ocupan. Hay lonas, rótulos, frutas, textiles, puestos improvisados, objetos colgados y conversaciones cruzándose por todos lados.

La palabra tianguis viene del náhuatl tianquiztli, que significa mercado. El INAH documenta su importancia como espacio de intercambio desde la época prehispánica.

No se trata de decir que uno es mejor que el otro. Son formas distintas de organizar la experiencia de compra. Pero mientras el mall busca ser universal, el tianguis todavía puede sentirse profundamente local.

El mall ofrece una experiencia que podría repetirse en cualquier ciudad. El tianguis construye una experiencia que solo podría existir en ese barrio, en ese día y con esas personas.

Panadería de especialidad vs. La tradicional: La Vasconia

En una panadería de especialidad, cada elemento suele estar cuidadosamente curado: madera clara, empaques limpios, piezas de autor, cerámica neutra y una estética pensada para que el pan también funcione como imagen.

En el Centro Histórico de la CDMX, La Vasconia representa otra relación con el pan. Fundada en 1870 y ubicada en Tacuba 73, la panadería forma parte de la memoria cotidiana de la ciudad y acumula más de 150 años de historia. (Sitio oficial de La Vasconia)

Sus mostradores, charolas, conchas, bolillos, pasteles, recetas y generaciones de clientes forman una experiencia que no depende de una estética minimalista.

Su diseño está en las capas de uso, en la variedad, en la memoria y en la costumbre. No es una pieza de pan exhibida únicamente como objeto de autor: es el pan que alguien compra para llevar a casa, compartir con su familia o repetir una tradición.

Ahí también aparece el meximalismo: en la capacidad de convertir distintas influencias, recetas y costumbres en algo propio.

Food truck vs. puesto de tacos

El food truck suele partir de un concepto definido: nombre, branding, menú, colores, empaques y una experiencia pensada de principio a fin.

El puesto de tacos se construye de otra manera. Una lona, una plancha, las salsas, los bancos, los refrescos, las charolas, los servilleteros y los objetos del entorno se van sumando con el tiempo.

No siempre combinan, pero juntos crean una identidad imposible de copiar exactamente.

La diferencia no está necesariamente en la calidad, ni en que uno sea moderno y el otro tradicional. Está en la forma en que se construye la experiencia.

El food truck llega con una identidad diseñada. El puesto de tacos diseña su identidad mientras sucede: con el barrio, con sus clientes, con el clima, con el espacio disponible y con todo lo que se va acumulando alrededor.

Uno presenta un concepto. El otro deja que el contexto también se vuelva parte del concepto.

Marcos, torres, casas habitacionales vs la legítima vivienda

Muchas torres habitacionales contemporáneas repiten balcones, ventanas y fachadas hasta conseguir una imagen limpia y uniforme. Podrían estar en cualquier colonia, en cualquier ciudad.

En cambio, las calles de casas mexicanas funcionan como una colección de pequeñas decisiones: un portón verde, una pared rosa, una reja con diseño propio, macetas, tendederos, azulejos, cortinas y objetos que hacen visible a quienes viven detrás de cada fachada.

No todo esto nace de una intención estética. A veces responde al mantenimiento, al clima, al presupuesto o simplemente al gusto de una familia. Pero, al acumularse, esas decisiones convierten la calle en un paisaje con memoria.

La torre no necesariamente carece de identidad. Muchas veces sus habitantes la construyen en el interior, en los balcones o en la manera de apropiarse de los espacios comunes. Pero cuando todas las fachadas parecen obedecer al mismo molde, la vida queda menos visible desde afuera.

El gris, entonces, no está únicamente en el color de los edificios. También está en la falta de señales que nos permitan imaginar quién vive ahí.

Fiesta "aesthetic" vs. Un cumbión de sonidero

En un club o una fiesta “aesthetic” controla la luz, el sonido, la circulación y hasta la cantidad de elementos que aparecen en el ambiente. Todo parece diseñado para que la experiencia se mantenga contenida.

El sonidero, en cambio, convierte el espacio en una experiencia colectiva. Hay bocinas, luces de colores, lonas, gráficos, nombres, dedicatorias, saludos y una voz que modifica la relación entre la música y el público. Un hermoso desorden.

La Cultura Sonidera surgió en los barrios populares de la Ciudad de México y fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la ciudad en 2023. No solo reúne música y baile: también integra diseño, gráfica popular, tecnología, comunidad y apropiación del espacio.

El sonidero no solo reproduce canciones: convierte una calle, un patio o una plaza en una pista de baile. Hace que la música ocupe el espacio y que el público también forme parte de la puesta en escena.

Mientras el club controla la experiencia, el sonidero deja que la experiencia tome la calle.

Prevalecerá el color como muestra de resistencia

México sigue siendo meximalista no porque se haya quedado atrás, sino porque todavía encuentra valor en lo que no está completamente controlado.

El meximalismo no es sinónimo de desorden, folclor o nostalgia. Es la posibilidad de que las cosas acumulen historia; de que una fachada cambie con sus habitantes; de que un puesto crezca con su barrio; de que una panadería se convierta en memoria; de que una canción venga acompañada de un saludo, un nombre y una comunidad.

La verdadera magia está en esa yuxtaposición: el mall junto al tianguis, la panadería de especialidad frente a La Vasconia, el food truck junto al puesto de tacos, la torre habitacional frente a la calle de casas y el club minimalista compartiendo ciudad con el sonidero.

No se trata de elegir entre lo moderno y lo tradicional.

Se trata de reconocer que, en medio de un mundo que insiste en verse igual, México todavía deja que la vida se note.

Aquí todavía hay demasiadas cosas que mirar.

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