El arte también paga impuestos
Hay ideas que parecen inventadas por el realismo mágico mexicano. Una de ellas es que, en México, ciertos artistas plásticos pueden pagar sus impuestos con sus propias obras.
Sí, pagarle al SAT con arte. La historia comenzó en 1957, cuando un grupo de artistas, encabezado por David Alfaro Siqueiros, buscó una manera de cumplir con sus obligaciones fiscales desde la particularidad de su oficio. Con el apoyo de Hugo B. Margáin, entonces director del Impuesto sobre la Renta, nació el programa Pago en Especie: un mecanismo que permite cubrir determinados impuestos entregando piezas de producción propia.
La premisa detrás del programa era tan práctica como radical: si el trabajo de un artista genera ingresos, también produce valor. Y ese valor no siempre tiene que traducirse primero en dinero para que el Estado pueda reconocerlo.
Una obra frente al sistema
Pagar impuestos con arte puede sonar como una ruta creativa para escapar del SAT, pero no se trata de evasión ni de un intercambio improvisado. El programa está dirigido a artistas plásticos mexicanos y extranjeros residentes en el país que cumplan con sus obligaciones fiscales y obtengan ingresos por la venta de su obra.
Las piezas propuestas deben ser de su autoría, cumplir con requisitos técnicos y documentales y pasar por un proceso de evaluación. Pinturas, esculturas y grabados son revisados por un comité de especialistas antes de ser aceptados. Incluso su presentación está regulada: las pinturas deben entregarse firmadas, fechadas y preparadas para su exhibición; las esculturas y los grabados también deben incluir los datos que permitan identificarlos correctamente.
El artista paga, solo que lo hace con el resultado de años de formación, técnica, investigación y trabajo creativo. Ahí está lo verdaderamente interesante: por un momento, una institución diseñada para calcular el mundo en cifras acepta que el valor también puede estar contenido en un lienzo, una forma o una imagen.
De obligación fiscal a patrimonio colectivo
Las obras aceptadas pasan a integrar la Colección Pago en Especie de la Secretaría de Hacienda. De acuerdo con información oficial publicada en 2025, la colección reúne 11,671 piezas; parte de ellas permanece bajo custodia federal y otra se distribuye entre entidades y municipios. Las obras pueden exhibirse en museos, recintos culturales, oficinas y edificios públicos, donde dejan de ser únicamente el pago de una obligación individual para convertirse en bienes accesibles para la sociedad.
Así, una transacción fiscal produce algo que el dinero difícilmente podría garantizar por sí solo: memoria cultural.
La colección permite recorrer distintas épocas, lenguajes y preocupaciones del arte producido en México. En ella aparecen obras de figuras como Leonora Carrington, Francisco Toledo, Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Marta Palau y Pedro Friedeberg, junto con las de artistas cuyas trayectorias continúan construyéndose.
Cada pieza conserva la mirada de quien la creó, pero también registra una relación poco común entre el arte y las instituciones del país.
¿Un hackeo del sistema?
Quizá llamar a este programa un “hackeo” sea exagerado en términos fiscales. Después de todo, se trata de un mecanismo regulado por el propio Estado. Culturalmente, sin embargo, la palabra tiene algo de verdad.
Pago en Especie abre una grieta dentro de una lógica que suele reducir el valor a cantidades intercambiables. Por esa grieta entra una idea mucho más amplia: la creatividad también genera capital, sostiene trayectorias, construye identidad y produce patrimonio.
Lo punk no está en evadir el sistema, sino en conseguir que el sistema hable otro idioma.
También vale la pena mirar sus límites. El beneficio no alcanza a todas las disciplinas ni resuelve la precariedad que atraviesa buena parte del trabajo cultural. Su existencia, sin embargo, demuestra que las estructuras económicas no son completamente rígidas. Pueden diseñarse para reconocer otras maneras de producir valor y para convertir una obligación privada en riqueza compartida.
En un país que ha hecho del arte una de sus formas más poderosas de narrarse, quizás esto no debería parecernos tan extraño. México encontró una manera de cobrar impuestos y, al mismo tiempo, ampliar su memoria visual.
Porque cuando el arte entra en la economía, no deja de ser arte. A veces se convierte en capital. A veces en patrimonio. Y, de vez en cuando, también en una forma inesperada de dialogar con el sistema.
