¿Cuánto dura un meme cuando lo pintas?

Una reflexión sobre Andrés Murillo, la cultura del scroll y lo que pasa cuando imágenes hechas para desaparecer se convierten en pintura. El blog habla de memoria digital, atención y del choque entre la velocidad de internet y la lentitud de mirar.

Internet funciona así: imagen, reacción, siguiente. (Esto x1000 e incontables veces al día)

Un meme en Instagram. Un sticker en WhatsApp. Una captura sin contexto. Algo absurdo que aparece en el feed, da risa, se comparte y veinte segundos después ya fue reemplazado por otra cosa.

Andrés Murillo lleva varios años metiendo ruido en esa lógica.

Nacido en Costa Rica en 1991 y actualmente radicado en Ciudad de México, Andrés es un artista visual que trabaja con algo que todos conocemos bastante bien aunque rara vez nos detengamos a pensarlo: las imágenes que consumimos todos los días y lo que terminan haciendo con nosotros. Humor, cultura popular, identidad, alienación, memes, publicidad, gentrificación y esa necesidad contemporánea de estar siendo vistos aparecen una y otra vez dentro de su práctica. Hoy también forma parte del Programa Educativo SOMA 2026–2028.

Su proyecto más reciente plantea una contradicción especialmente buena: tomar imágenes hechas para desaparecer y pintarlas.

Pintarlas de verdad. Con tiempo. Con materia. Con la lentitud incómoda de algo que ya no puede quitarse con un swipe.

Internet produce imágenes para olvidar

El proyecto que Andrés desarrolla en 2026 parte de un archivo bastante poco solemne: imágenes absurdas encontradas dentro del flujo de internet. Contenido diseñado para consumirse casi sin pensarlo. Aparece, circula, se reemplaza y termina convertido en una especie de ruido visual permanente. Andrés toma parte de ese archivo y lo lleva al lienzo.

El cambio parece simple, pero altera todo. Una imagen que probablemente habría terminado enterrada en un feed ahora exige tiempo para ser pintada y después aparece frente a alguien en una galería.

El formato cambia su duración. Porque scrollear y observar son dos acciones muy distintas. En una pantalla, casi todo compite por evitar que el dedo siga bajando. En una pintura, la imagen ya consiguió detenerlo.

Y ahí aparece una pregunta bastante contemporánea: ¿qué pasa cuando algo que parecía desechable recibe más atención de la que estaba diseñado para soportar?

Quizá sigue siendo absurdo. Quizá empieza a decir otra cosa.

El meme también tiene memoria

El interés de Andrés por este tipo de imágenes viene de antes.

En Cachivache, de 2021, tomó stickers provenientes de grupos de WhatsApp y los convirtió en pinturas. Después los llevó a la Embajada de Chile en Costa Rica, desplazando imágenes nacidas dentro de conversaciones cotidianas hacia un espacio completamente distinto. Su práctica empezaba a preguntarse qué ocurre cuando una imagen cambia de contexto y, con ello, cambia también la forma en que la leemos.

Después llegaron proyectos como Dios es testigo que soy tonto, de 2023, y Beyond Sherk, de 2024. Memes, personajes virales, cultura de masas, apropiación y la búsqueda constante de atención seguían apareciendo, pero como herramientas para hablar de algo más grande: cómo construimos significado alrededor de imágenes que se reproducen una y otra vez.

En Menos es más, también de 2024, esa inquietud se acerca todavía más al problema de la saturación visual.

Entre publicidad, noticias, entretenimiento y redes sociales, la pregunta deja de ser cuántas imágenes vemos. Ahora es: ¿cuáles conseguimos recordar?

Pintar también puede ser guardar

Pensar en un archivo suele traer imágenes de documentos, fotografías antiguas, libros o cajas cuidadosamente etiquetadas. Pero buena parte del archivo visual de esta época probablemente está escondido en screenshots, carpetas de memes, stickers guardados y fotos descargadas sin recordar de dónde salieron.

Cosas demasiado pequeñas, tontas o cotidianas para parecer importantes. Hasta que pasa el tiempo…

Entonces un meme deja de ser solamente un chiste y empieza a decir algo sobre cómo hablábamos, qué nos daba risa, qué nos preocupaba y qué referencias compartíamos.

Por eso hay algo casi arqueológico en detener una de esas imágenes y convertirla en pintura. No porque automáticamente se vuelva importante. Porque alguien decidió que merecía quedarse.

La pintura introduce una pausa dentro de una cultura que produce imágenes mucho más rápido de lo que puede recordarlas. Andrés toma parte de ese exceso y lo pone frente al espectador sin botón de cerrar, sin siguiente post y sin garantía de que el chiste siga funcionando. Solo queda mirar.

¿Y si el verdadero lujo fuera la atención?

Las plataformas entendieron hace tiempo que la atención vale. Por eso todo intenta capturarla: una notificación, un reel, un anuncio, un video de quince segundos, otro de siete.

En ese contexto, dedicar tiempo a una sola imagen empieza a sentirse extraño. Ahí está una de las partes más interesantes del trabajo reciente de Andrés Murillo. La conversación no necesita quedarse en si un meme puede ser arte. Eso se queda corto. Lo interesante está en usar una técnica lenta para hablar de una cultura rápida.

En tomar aquello que nació para circular y obligarlo a quedarse quieto. Internet seguirá produciendo imágenes. Muchas desaparecerán. Algunas volverán años después sin contexto. Otras quedarán perdidas en algún rincón extraño de la cultura digital. (Y unas cuantas, aparentemente sin razón suficiente, terminarán convertidas en pintura).

Quizá dentro de algunos años ya nadie recuerde por qué daban risa. La imagen seguirá ahí.

Andrés Murillo también forma parte de Identidad Trazada, Artbank Magazine Vol. 02. En la nueva edición hablamos con él sobre su llegada de Costa Rica a México, el humor como herramienta y la manera en que observa un territorio nuevo desde las imágenes que ya llevaba consigo.

Y si quieres seguir explorando su universo, visita murilloandres.com y @murillo__andres en Instagram para conocer más de su obra, procesos y proyectos.

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